Un amor más fuerte que la guerra y la muerte

En el 75º aniversario de la boda de Eduardo Ortiz de Landázuri y Laura Busca, recordamos cómo empezó esa historia de amor, de entrega y generosidad que continúa en el Cielo y es ejemplo para muchos matrimonios.

Relatos y favores
Opus Dei - Un amor más fuerte que la guerra y la muerte

Eduardo Ortiz de Landázuri se había licenciado en Medicina en Madrid en 1934. Allí había conocido a don Carlos Jiménez Díaz, maestro de varias generaciones de médicos españoles.

En 1935 empezó a trabajar en el Hospital Nacional de Infecciosos, donde conoció a su futura mujer, que se había licenciado ese año en Farmacia y comenzaba el centro sanitario su tesis doctoral sobre el tifus.

Se veían con frecuencia en el pabellón en trabajaba Eduardo, donde ella y una amiga iban para sacar sangre. Así recuerda Laura el momento en que empezaron a salir: “Un día, el 4 de marzo de 1936, Eduardo me invitó a comer: ese día era el santo de mi madre y yo acepté su invitación; fuimos a un restaurante de la Gran Vía que se llamaba ‘Rimbombín’. A partir de este momento comenzó una relación más o menos informal discontinua pero estable”.

La Guerra Civil y una ruptura dolorosa

El 18 de julio de 1936 estalló la guerra civil, y el 8 de septiembre el padre de Eduardo, republicano conocido, fue fusilado en la cárcel Modelo de Madrid. Eduardo estaba solo en Madrid, pues su hermana Guadalupe y su madre se encontraban de veraneo en Fuenterrabía. Tuvo que reanudar su trabajo y atender sus obligaciones con interés y normalidad pese a que fueron los momentos más dolorosos de su vida.

Laura le llamó por teléfono para darle el pésame. Siguieron viéndose cuando tenían oportunidad; eran unas relaciones casi formalizadas. En medio de aquella convulsión, Eduardo se sintió zarandeado interiormente. “Creo que por este tiempo tuvo alguna crisis religiosa. Yo también la tuve: la guerra y los sucesos que se produjeron fueron para mí un gran revulsivo”, rememora Laura.

“Eduardo me dijo que nuestra relación no podía continuar: Yo, que me hallaba sola en Madrid, me sentí muy afectada. Aunque no me explicó las razones de esta ruptura, supongo que se debió a la relación que él tenía con un primo suyo que había organizado el complot de la telefónica”

Un día de 1937, Eduardo tomó una determinación dolorosa y sorprendente: la ruptura con Laura. “Eduardo me dijo que nuestra relación no podía continuar: Yo, que me hallaba sola en Madrid, me sentí muy afectada. Aunque no me explicó las razones de esta ruptura, supongo que se debió a la relación que él tenía con un primo suyo que había organizado el complot de la telefónica”.


Mirar hacia el futuro

Al terminar la guerra en 1939, llegó el momento de reparar, en la medida de lo posible, los desórdenes que en todos los aspectos la guerra había ocasionado. Era tiempo de rehacer de reconstruir, de mirar hacia el futuro.

Eduardo tenía veintiocho años. Profesionalmente fue confirmado en el puesto que hasta ahora venía desempeñando junto a su maestro en el Hospital del Rey pero ahora en el Hospital Clínico de San Carlos. Poco después ocupó la plaza de Médico del Cuerpo de Prisiones.

Eduardo en sus ratos de intimidad, sentía la llamada al matrimonio. El recuerdo le acercaba a Laura, que estaba en Zumárraga. Desde su separación, se había limitado a escribirle alguna que otra carta en tono amistoso.

Al año siguiente, Eduardo había madurado la decisión de solicitar un mes de permiso sin sueldo y viajó a Zumárraga, donde se hospedó en un hotel. Allí manifestó sinceramente a Laura el motivo de su viaje: formalizar su compromiso ahora que había vuelto a ver con claridad. Laura que seguía profundamente enamorada de él lo aceptó y Eduardo volvió varias veces más a Zumárraga para verla y tratar con la familia los detalles de la boda.

Al año siguiente, Eduardo había madurado la decisión de solicitar un mes de permiso sin sueldo y viajó a Zumárraga, donde se hospedó en un hotel. Allí manifestó sinceramente a Laura el motivo de su viaje: formalizar su compromiso ahora que había vuelto a ver con claridad

Por fin, en la mañana primaveral del 17 de junio de 1941, seis años después de haberse conocido, contrajeron matrimonio en Oñate, en el santuario viejo de la Virgen de Aránzazu. El 8 de septiembre nacía el primero de los siete hijos.

Dos grandes pasiones durante 44 años

Laura y Eduardo compartieron 44 años de felicidad basada en un amor incondicional, el respeto, la generosidad sin límites y la comprensión. La gran pasión de Laura era Eduardo y la gran pasión de Eduardo era Laura.

El amor matrimonial, bendecido por la gracia del sacramento, había engrandecido y santificado sus almas. Pero la grandeza de espíritu de Eduardo debía mucho a la grandeza de espíritu de Laura.

Durante una comida que tuvo lugar con motivo de un congreso de Psiquiatría, me pasó por debajo de la mesa un papelito de fumar; había escrito: “Te quiero muchísimo –Laurita mía –Laurita bonita –Mi Laurín”

Un detalle que pone de manifiesto el amor joven y encendido que se tenían a la vuelta de los años de su matrimonio lo expresa bien este recuerdo de Laura: “En una ocasión, durante una comida que tuvo lugar con motivo de un congreso de Psiquiatría, me pasó por debajo de la mesa un papelito de fumar; había escrito: “Te quiero muchísimo –Laurita mía –Laurita bonita –Mi Laurín”.

(Elaborado con fragmentos del libro Eduardo Ortiz de Landázuri: un hombre de ciencia al encuentro con Dios. Juan Antonio Narváez Sánchez).