Diversas anécdotas de su vida

Colección de anécdotas de la vida de don José Luis Múzquiz, recogidas por el escritor José Miguel Cejas. Los recuerdos comprenden diversos episodios de su vida.

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Opus Dei - Diversas anécdotas de su vida

Escuché en diversas ocasiones su relato de los comienzos del Opus Dei en Japón y sus andanzas por medio mundo. Años después, tras su muerte, su hermana, Sagrario, me contó la historia de este sacerdote del Opus Dei, hijo de un militar de Infantería nacido en La Habana a finales del XIX, donde su familia había tenido que emigrar a causa de las guerras carlistas.

Mientras hablábamos, doña Sagrario me iba enseñando algunas fotografías en sepia de esos antepasados, que posaban erguidos ante el daguerrotipo, con un ademán entre esforzado y romántico.

"La gran pasión de mi padre era la enseñanza y los idiomas: sabía alemán, francés, inglés y árabe, que había aprendido en Ceuta, durante un destino militar. Al terminar ese destino lo trasladaron a Badajoz, y allí nació José Luís, el 14 de octubre de 1912. Sólo fuimos dos hermanos: José Luís y yo".

En Madrid

Pocos años después el cabeza de familia decidió abandonar el ejército para dedicarse por completo a lo que la tarea docente, y se trasladó a Madrid, donde comenzó a dar clases en el Colegio de Areneros de los jesuitas.

Su hijo José Luís se incorporó a aquel mismo Colegio, donde hizo el Bachillerato de Ciencias. Su hermana le recuerda como un muchacho "alto, espigado, con una intensa vida de piedad y muy, muy estudioso".

En junio de 1929 aprobó en la primera convocatoria el primer grupo de Ingreso en la Escuela Especial de Ingenieros de Caminos Canales y Puertos. Su ingreso dejó sorprendidos a sus compañeros y profesores, porque habitualmente los estudiantes tenían que dedicar varios años a la preparación antes de ingresar, si es que lo lograban. Y en mayo de 1930 superó, también a la primera, el segundo grupo de ingreso.

El número dos

"Sacó el número dos. Un número muy frecuente en su vida -comenta Sagrario Múzquiz-. Y fue también el número dos de su promoción. Y sin estudiar muchísimo, sacaba siempre muy buenas notas. Esto le sorprendía a mi padre, que le decía: José Luís, me parece que estudias poco”.

Su hermana le recuerda como un universitario normal y buen cristiano (iba a Misa diariamente) con muchos amigos, buen deportista, que salía con un grupo de chicos y chicas -aunque no se comprometió con ninguna- y daba clases de matemáticas a los chicos desamparados del Asilo de Porta Coeli de Madrid.

Encuentro con san Josemaría

A ese Centro asistencial acudía también san Josemaría y un día, a finales de 1934, estuvieron conversando a solas. Ese primer encuentro y las palabras que le dijo el fundador –no hay más amor que el Amor- marcaron profundamente su vida.

Comenzó a leer Consideraciones Espirituales, precedente de Camino y en el curso siguiente, 1935–1936, san Josemaría –a quien todos llamaban el Padre, según la costumbre de la época- le habló por primera vez de la posibilidad de entregarse a Dios.

Así lo contaba el propio Múzquiz: “Un día al final del Círculo, me dijo el Padre que quería hablar conmigo. Me contó entonces que había un grupo que se entregaba completamente a Dios y que esto era muy agradable al Señor. Se sacrifican, por amor de Dios, para que los demás suban. (…)

El Padre me lo dijo con una gran convicción: él vivía esta entrega al Señor y arrastraba a los demás. Pero cuando yo le dije excusándome, que me parecía muy bien, pero que eso no era para mí, el Padre me dijo enseguida: te lo cuento especialmente para que nos encomiendes”.

Fin de carrera

En enero de 1936 terminó la carrera. Era un tiempo difícil en España. A veces acompañaba a un amigo suyo a custodiar iglesias de Madrid para que no las masas no las incendiasen. La capital se había convertido en escenario de fuertes tensiones sociales.

Un compañero de clase le habló entonces de un posible puesto de trabajo en el Puerto de Alicante, y comenzó a hacer gestiones para irse allí tras el viaje de fin de carrera.

“Era a primeros de julio –contaba Múzquiz-, mis padres se habían marchado con unos tíos míos que vivían en Portugal. En estas circunstancias recordé que el Padre nos había hablado de hacer novenas –novenas varoniles, decía- que consistían en recitar alguna oración y ofrecer alguna mortificación (…) Y seguir este consejo del Padre hizo que el mismo día que terminé la Novena recibiera una carta diciéndome que el director del Puerto estaría unas semanas fuera y que aprovechara para hacer ese viaje antes de colocarme”.

Durante esas semanas de viaje de fin de curso estuvo en Francia, Inglaterra, Holanda y Alemania perfeccionando idiomas y visitando fábricas e instalaciones de ingeniería. Cuando se disponía a regresar estalló la guerra civil española y desistió de volver a Alicante, donde habían asesinado a su amigo, al igual que al compañero con el que salía para custodiar iglesias.
Durante la guerra civil

Tomó un barco y llegó a Lisboa, donde estuvo con su familia. Poco después, como la inmensa mayoría de los jóvenes españoles de aquel periodo, se alistó en el Ejército. Ingresó en el cuerpo de ingenieros y fue destinado a los frentes de Extremadura y Toledo.

Fue destinado a Valladolid para realizar un curso militar. Seguía llevando una intensa vida cristiana. Durante esa estancia en la ciudad castellana se incorporó a la Acción Católica, de la que llegó a ser Vocal de Consejo Superior.

El fundador no se olvidaba de él. A primeros de junio de 1938 recibió una carta de san Josemaría en Alcolea del Pinar (Guadalajara) donde estaba destinado. Gracias a esa carta descubrió su vocación.

“Vi claro que la Obra era algo que el Señor quería, que el Señor protegía con una Providencia especial”. Y proseguía: “Seguí extrapolando y pensé que yo terminaría en la Obra. De hecho fue el día en que me entregué por dentro, aunque, entre que era tiempo de guerra y que yo era muy reservado, tardé cerca de dos años en manifestarlo”.
En RENFE

Al terminar la guerra, comenzó a trabajar en la futura RENFE, entonces “Compañía de Norte y reanudó su trato con san Josemaría. Estaba decidido interiormente, desde hacía dos años, a pedir la admisión en el Opus Dei. El 21 de enero de 1940, tras un día de retiro espiritual, decidió materializar su decisión y solicitó a san Josemaría formar parte del Opus Dei.

Desde aquel momento se fue perfilando su figura como uno de los "fundamentos" del Opus Dei: uno de aquellos hombres de los que Dios se sirvió para difundir el mensaje de santidad por medio del trabajo en numerosos países del mundo.

Siguió trabajando, con renovada alegría interior. Tras la guerra, gran parte de las comunicaciones españolas por ferrocarril habían quedado en muy mal estado y necesitaban una rápida intervención. Fueron años de intensa actividad.

Trabajó en diversos proyectos de ingeniería: en las nuevas estaciones de Santander, Bilbao e Irún; en la sustitución de los puentes de la línea de Galicia, de la línea Tardienta-Jaca; en Venta de Baños-Santander, Puentes de Castejón y Marcilla; en la línea Zaragoza-Alsasua, Madrid-Irún, Madrid-Zaragoza, etc.

Publicó algunos artículos en revistas especializadas sobre el hormigón, y defendió, además, una Tesis Doctoral en Historia sobre el Conde de Chinchón, Virrey del Perú, con la que obtuvo el Premio Extraordinario de Doctorado.

Sacerdote


Años después, el 25 de junio de 1944, tras realizar con gran rigor los estudios eclesiásticos necesarios, recibió la ordenación sacerdotal, junto con Álvaro del Portillo y José María Hernández Garnica, de manos del Obispo de Madrid. Era la primera ordenación de fieles del Opus Dei.

A partir de entonces sus actividades pastorales fueron multiplicándose, en varios ámbitos sociales y zonas de España. Estuvo en Granada, Málaga y Sevilla; atendió espiritualmente a los residentes del Colegio Mayor Moncloa de Madrid; fue Profesor de Enseñanza religiosa y dogmática y moral profesional en la Escuela de Ingenieros de Caminos; publicó un estudio sobre Moral Profesional, etc.

En Estados Unidos

Años después san Josemaría le pidió que diera los primeros pasos del trabajo apostólico del Opus Dei en Estados Unidos y el 20 de febrero de 1949 partió rumbo a Nueva York con otro miembro del Opus Dei, Salvador Martínez Ferigle.

Desde el punto de vista económico fueron practicamente "con lo puesto" según la popular expresión española.

“Cuando vine por primera vez a Estados Unidos con Salvador Martínez Ferigle ­–recordaba años después–, nos dijo el Fundador del Opus Dei que, como no había medios materiales, solamente podía darnos su bendición y una imagen de la Santísima Virgen.

Pero la bendición del Padre nos dio la seguridad completa de que las labores de la Obra saldrían adelante en Estados Unidos, y a los pocos meses teníamos ya un Centro junto a la Universidad de Chicago”.

"Más vale echar atrás en una cosa que dejar de hacer noventa y ocho", le había aconsejado san Josemaría, invitándoles a la audacia apostólica, que no les faltó.

El 18 de febrero de 1949, don José Luis -ahora Father Joe- celebraba la Eucaristía en la Catedral de San Patricio, y pocos días después llegaron a Chicago, donde se alojaron en una pensión de estudiantes, cerca de la Chicago University y del Illinois Institute of Technology donde estudiaron los primeros hombres que se incorporaron al Opus Dei.

A comienzos de agosto ya estaban avanzadas las gestiones para una Residencia de universitarios, Woodlawn. En la instalación de la Residencia, sin medios materiales, llevada a cabo con gran fe en Dios y una notable dosis de aquella audacía que le había aconsejado el fundador, le ayudaron dos señoras, las hermanas Dalliden, que regalarán el altar y el Sagrario para para el nuevo oratorio.

Pioneros

El 15 de septiembre de 1949, fiesta de los Dolores de Nuestra Señora, tuvo la alegría de reservar a Jesús-Eucaristía en el primer Sagrario de un centro del Opus Dei en los Estados Unidos.

No le importaban demasiado las carencias materiales, y él mismo se ocupaba de las tareas más materiales. Contaba, por todo mobiliario, para empezar aquel empeño apostólico, con una cocina de gas, una mesa de comedor, una silla, unos cajones de embalar y un par de camas viejas.

"Son pioneros" decían al verlos. "Palabra clave -escribe Sastre- en un país que conoce la inmigración en el espíritu de sus propios fundadores". Poco después llegaron las mujeres del Opus Dei. Entre ellas, Nisa González Guzmán, y se instaló una nueva residencia, “Kenwood”.

En el oratorio de Kenwood se coloca un relicario que san Josemaría le había dado a Nisa antes de que saliera de Roma camino de los Estados Unidos: una reliquia de Santa Teresa. "Esta santa castellana, práctica y andariega, es bien conocida en América. Y popular. No en vano abrió, a fuerza de tesón, nuevos caminos humanos y divinos para poner la luz del Evangelio en las encrucijadas de los hombres".

Italia y Suiza

"En Norteamérica pasó muchos años –recuerda Sagrario Múzquiz-, hasta 1962, que se fue a vivir a Roma y luego a Suiza. Yo fui con mis padres a verle a Estados Unidos en 1954 y lo encontré tan cariñoso como siempre. Nos estaba esperando en el puerto y tenía una entrada de un partido de béisbol para mi padre.

Es un detalle muy pequeño, pero significativo, porque muestra que se hizo norteamericano hasta la medula. Quería muchísimo a aquel país y a la gente de aquel país ”.

Obras son amores: durante su estancia en América recorrió gran parte de la geografía de los Estados Unidos para impulsar la labor apostólica en los diversos estados. Tiempo después, su ámbito de acción apostólica se amplió aún más, al ser nombrado en 1957 Delegado del Opus Dei de Estados Unidos, Canadá y Venezuela.

Japón

En la primavera de 1958, secundando un deseo de san Josemaría, viajó a Japón, para estudiar el comienzo de la labor apostólica en Oriente. A su regreso se detuvo en Hong-Kong, Nueva Delhi y Karachi, para estudiar la posibilidad de comenzar también allí.

Y tras un paréntesis de dos años para estudiar Derecho Canónico, el fundador le pidió que fuese a otro nuevo lugar, Suiza, donde estuvo hasta 1966, con su admirable capacidad de adaptarse -por amor a Dios- a nuevas circunstancias, a nuevas gentes y lugares, con un esfuerzo, siempre costoso, pero propio de los enamorados de Dios, de hacerse todo para todos, como pedía san Pablo.

En Andalucía


Tras Suiza, al sur de Europa: tras su estancia en Suiza, donde alentó con su optimismo y confianza en Dios habitual numerosos trabajos evangelizadores, se trasladó a Pozoalbero, en Jerez de la Frontera, donde atendió espiritualmente a numerosas personas de toda la Bahía de Cádiz: Jerez, El Puerto de Santa María, Sanlúcar de Barrameda, Arcos de la Frontera, Rota, etc.

“Destacaba mucho, en toda su rica personalidad –recuerda Mariano Boloix- el cariño con que trataba a todos. Durante el tiempo que tuve la fortuna de convivir con él, le vi tratar a personajes de la cultura, como José María Pemán; al guarda de Pozoalbero; a almirantes y suboficiales; a empresarios y oficinistas... Para todos guardaba en su corazón el mismo afecto cristiano y humano, la misma preocupación por su salud o porsu lucha ascética, y el mismo desvelo pastoral”.

Entre los grandes amores, había uno que había aprendido de san Josemaría: el amor por la confesión. Dedicó muchas horas de su vida al Sacramento de la Reconciliación y recordaba la necesidad de que los sacerdotes estuviesen siempre disponibles, cuando visitaba a muchos sacerdotes del sur de Andalucía, conduciendo un modesto SEAT 600, para reconfortarles espiritualmente y alentarles en su labor pastoral.

Escribía Jesús Alcedo, un sacerdote de la diócesis de Jerez, que le acompañó en muchos de esos viajes:

“siempre me impresionaron su temperamento y carácter. No parecía que tuviera ninguna preocupación. Era extraordinariamente sencillo, amable, sonriente. Irradiaba paz. No había un sacerdote que visitara o que tratara que no quedase impresionado por su enorme cariño”. “Cuando le acompañaba, no había pueblo por donde pasase que no parara a saludar al sacerdote, fuera quien fuera. Si no lo encontraba, le escribía algo en un trozo de cuartilla, y se lo dejaba en el buzón o lo echaba por debajo de la puerta”.

De nuevo en Estados Unidos

En febrero de 1976, tras el fallecimiento del fundador del Opus Dei, realizó un largo periplo por naciones africanas, visitando a casi todos los obispos de Gambia, Sierra Leona, Liberia, Costa de Marfil, Ghana y Alto Volta.

Ese año regresó de nuevo a Estados Unidos, donde siguió impulsando la labor apostólica del Opus Dei en los diversos estados como consiliario. Los que le rodeaban fueron testigos de su gran confianza en Dios y humildad personal. Sabía escuchar, las opiniones de los demás con gran respeto, recuerda Irma Guerra, impulsando la labor apostólica con prudencia y decisión al mismo tiempo.

El 20 de junio de 1983, mientras daba una clase de formación cristiana a varias mujeres del Opus Dei en una Casa de Retiros, Arnold House, sintió un dolor agudo. Pidió disculpas y se retiró a su habitación para descansar.

Al cabo de un rato pretendió continuar la clase, pero la directora, médico de profesión, se dio cuenta de la gravedad de su estado y no le dejó continuar. Le trasladaron rápidamente en ambulancia al Hospital de Plymouth, donde ingresó en la Unidad de Coronarias. Poco tiempo después se produjo el segundo infarto del que no se sobrepuso.

Nadie se esperaba aquel desenlace. “A pesar de la gravedad del primer infarto- señala Fr. Malcolm Kennedy- todos creían que se pondría bien. Estaba tan joven, tan fuerte, tan dispuesto a trabajar...”.

Tras su fallecimiento muchas personas comenzaron a encomendarse a su intercesión. Y cientos de familias fueron a orar ante su cuerpo yacente en la iglesia de Saint Adam de Brooklyn.

En 1987 Álvaro del Portillo visitó su tumba en el cementerio de St. Joseph, en Boston. Estaba de pie, ante la piedra de cabecera del sepulcro. El Prelado, que ignoraba los usos funerarios en Estados Unidos, preguntó: "Pero, ¿donde está enterrado?". "Justo debajo de usted, Padre", le dijeron.

- ¡Como toda su vida -exclamó del Portillo- sigue siendo fundamento!

José Miguel Cejas