Dora en Santa María de la Paz

Los restos mortales de Dora del Hoyo reposan en la Cripta de Santa María de la Paz, la Iglesia Prelaticia del Opus Dei en Roma, muy cerca de San Josemaría Escrivá y de su primer sucesor, Mons. Álvaro del Portillo.

Relatos y favores

Cuando Dora del Hoyo llegó a Roma el 27 de diciembre de 1946, probablemente no se imaginó que la ciudad eterna sería su hogar durante los siguientes cincuenta y seis años, hasta su muerte en 2004. Dora decía que no deseaba llegar a cumplir los noventa años, porque no quería ser protagonista de ninguna celebración extraordinaria. Falleció el 10 de enero de 2004, justo el día anterior al mencionado aniversario.

Sus restos mortales reposan en la Cripta de Santa María de la Paz, la Iglesia Prelaticia del Opus Dei en Roma, muy cerca de San Josemaría Escrivá y de su primer sucesor, el Beato Álvaro del Portillo.

La devoción de San Josemaría a la Virgen es la razón del título de la iglesia y de la imagen que la preside. El cuerpo del fundador del Opus Dei, canonizado por el Papa Juan Pablo II el 6 de octubre de 2002, reposa en una urna situada bajo el altar de la iglesia.

La cripta de la iglesia prelaticia fue construida en memoria de todos los fieles difuntos de la Obra. En la tumba central reposan los restos del Beato Álvaro del Portillo (1914-1994), Obispo y primer sucesor de San Josemaría al frente del Opus Dei. En la parte izquierda de la Cripta está enterrada Dora. Sobre la lápida de piedra, unas letras doradas indican su nombre y las fechas de su nacimiento y su muerte.

El prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría, quiso que Dora fuera enterrada en un lugar donde todas las personas que se acogen a su intercesión pudieran visitar su tumba y rezar ante sus restos mortales, y que estuviera además muy cerca de San Josemaría, en agradecimiento a su fidelidad y a su esfuerzo constante por hacer que la Obra no perdiera su rasgo definitorio: ser familia.

La cripta es de estilo románico. Las paredes y el techo de las naves son de piedra gris de Viterbo. Se trata de un lugar luminoso y acogedor, pues San Josemaría no deseaba transmitir una imagen lúgubre u oscura de la muerte, sino que hablaba de ella como el encuentro definitivo con nuestro Padre Dios. Cuatro nervaduras se cruzan en el techo. Las juntas están cubiertas de pan de oro. Tiene ventanas de medio punto, de vidrio de alabastro y rejas de hierro forjado. Preside el recinto una imagen de Cristo Pantocrator, rodeado del Tetramorfos.

En el presbiterio se encuentra el altar de mármol blanco, sobre cuatro columnas policromadas. Hay escenas evangélicas como la cena con los discípulos de Emaús o la estancia de Cristo en Betania, y al fondo sirve de retablo un relieve de la Dormición de la Virgen.

En Santa María de la Paz se encuentra también una Capilla del Santísimo y varios confesionarios. San Josemaría predicó incansablemente la necesidad de frecuentar los sacramentos de la Reconcilicación y de la Eucaristía, dones de Dios a sus hijos los hombres, fuente de paz y de alegría.